Algunos todavía se niegan a reconocerlo, pero las redes sociales llevan implícita la intención ligatoria. Incluso las que se promueven a partir de otros fines terminan siendo canales para conocer gente potencialmente enamorable (o encamable). ¿Se acuerdan de MySpace y su propósito de albergar la propuesta musical de las bandas independientes? Levante la mano quien no haya obtenido citas mediante ese hervidero de insinuaciones y fotos en desuso. Yo, por supuesto, dejo la mía en el teclado. Y estoy segura de que ésa fue su utilidad para la mayoría. No puedo evitar pensar en LinkedIn, una red que surgió para reunir contactos profesionales, y que (sé de un caso concreto) ha terminado en citas para tomar cerveza: del monitor al bar y del bar a la habitación de hotel. ¿O qué me dicen de la gente que se descarga Apalabrados en el celular y liga mucho más de lo que juega? ¿Quién no va a querer intercambiar frasecitas arriesgadas con una persona que, además de lucir bien en su foto de perfil, obtiene puntajes elevados en un juego de armar palabras?

Estamos conectadísimos, todo el tiempo, con un montón de gente que probablemente no conozcamos pero que ofrece ilusión de posibilidad. Y también estamos más aislados. Nos miramos en un espejo que es en realidad una pantalla, nos construimos a partir de nuestro discurso y nos empeñamos en encontrar guiños (tal vez inexistentes) en el discurso ajeno. Porque sin discurso no hay enamoramiento, ni en las redes sociales ni en el jardín ni en la plaza central. Nos enamoramos de la forma de tuitear, bloguear y actualizar estados en Facebook, o de la manera de seleccionar fotos para subir a Tumblr, que también es una forma de discurso. El enamoramiento, sobra decirlo, goza de un influjo estético y más o menos ficticio.

Por otra parte, nos hemos acostumbrado a hacer del ligue y las relaciones un acontecimiento más público que antes: cambiar el estado sentimental en Facebook equivale a ganarse un montón de likes, no tanto por un legítimo interés en si Fulano y Perengana están enamorados, casados, divorciados, solteros o en una relación complicada, sino porque jugamos a creer que nos mantenemos enterados de la intimidad de nuestros contactos. Inferimos vía Twitter las relaciones de esos amigos que no hemos visto en meses y sacamos conclusiones sobre sus conflictos con ayuda de fotos, tags y declaraciones crípticas que, en un acto de construcción narrativa, interpretamos a nuestro antojo. A veces hasta se parece a leer o escribir historias.

De hecho, lo más interesante de las redes sociales es precisamente esa construcción narrativa, empezando por la propia identidad. Nos convertimos un poco en quienes quisiéramos ser, en entidades más o menos ficticias que muestran sólo determinados ángulos. Por supuesto que la ficción hace gran parte del trabajo: una ficción que no miente pero sí ofrece un vistazo parcial de nosotros mismos, sin que esa imagen confeccionada deje de formar parte de lo que somos. Tal vez no luzcamos exactamente igual en la primera cita, pero seguimos siendo la persona de la foto.

La pregunta obligada: ¿se ha perdido el encanto de enamorarse ahora que ligamos con pantallas de por medio? Y más todavía, ¿será que ya cambió nuestra forma de enamorarnos? Lo que ha cambiado, creo, es el canal. Porque el sistema sigue siendo muy parecido. Seguimos usando el discurso encamatorio y las palabras siguen siendo la principal herramienta de la seducción. Eso sí, las redes sociales amplían el rango de posibilidades, con sus correspondientes dosis de riesgo y frustración.

Fotos: CHRISSPdotCOM, jsim93, modenadude