No me cabe duda de que los antecedentes de los flash mobs están en las vanguardias artísticas de la primera mitad del siglo XX. En aquel entonces, el afán reaccionario de escritores, pintores, actores y demás encontraba salida en algo que antes no se había visto y que ellos llamaron performance. No era teatro ni música ni literatura en estado puro, sino una indisciplinada combinación de disciplinas y, estoy segura, el verdadero propósito era escandalizar.

Los años pasaron y performance siguió viéndose a lo largo del siglo XX. Cuando llegó internet, cuando llegaron las redes sociales y los sitios como Youtube y Vimeo, fue más fácil convocar a grupos de personas para llevar a cabo actos públicos y espontáneos, la mayor parte del tiempo con fines de entretenimiento. Estos numeritos se popularizaron bajo el nombre de flash mobs y, en un principio, fueron más o menos sorprendentes. Me acuerdo de aquel homenaje a Julie Andrews en una estación de tren en Bélgica. Con él me pasaba lo mismo que con ciertas series y canciones: me conmovía y me sentía un poco avergonzada conmigo misma por mi reacción. Me curé de dicho efecto con un conjunto de reproducciones consecutivas. Y de eso ya pasaron algunos años.

Los flash mobs siguen plagando la red. Y, en la mayoría de los casos, son desafortunados. Han dejado de parecer sorprendentes, su propuesta padece de ingenuidad involuntaria y, sobre todo, de un optimismo poco genuino y terco, como una opción que nos exige que la tomemos, independientemente de si hay o no convicción. El grupo Improv Everywhere tiene este flash mob llamado Say Something Nice donde un altavoz está listo para que los transeúntes lo tomen y transmitan mensajes exclusivamente agradables. Y está este otro, que ocurrió de manera simultánea en distintas ciudades de Estados Unidos y Canadá, donde un grupo de personas bailan de... ¿alegría? ¿No necesitamos contexto y antecedentes para contagiarnos de tantísima dicha?

Cuesta trabajo creerles. Pero, claro, siempre hay excepciones. La Filarmónica de Copenhague usó el formato para promoverse y promover una estación de radio de música clásica. Técnicamente no se trata de un flash mob porque la interpretación no es del todo espontánea, el audio y la edición del video hacen del él un producto mucho más pensado. Pero el resultado es bueno, sobre todo porque no se siente en él la sombra de la felicidad forzada.

Tal vez sea momento de comenzar a emplear esta manifestación ¿artística, cultural? como un recurso y no como una propuesta por sí misma. Si el arte no transgrede, está dejando de cumplir con una de sus funciones principales. Y hace tiempo que los flash mobs dejaron de transgredir. Si alguna vez fueron arte, esa época está muy lejos del presente. ¿O qué opinan ustedes?

Foto: Sofia Dance Week