Una mecedora aparatosa que teje, una máquina de hacer palomitas (una por una), un balancín-cortador de bolsas de red. No es que no sirvan para nada: es que parecen burlarse de los procesos para los que fueron creados.

Son artefactos absurdos que cuestionan con sentido del humor nuestras obsesiones consumistas. Están en Low-Tech Factory, una exposición realizada por estudiantes de diseño industrial de la University of Art and Design de Lausanne.

Estas tres propuestas de diseño juegan con los límites de la utilidad, la realidad y la sátira.

Estamos rodeados de fábricas, pero pocas veces nos preguntamos cómo son los procesos de producción que se llevan a cabo en ellas. Seguramente son mucho menos divertidos e ingeniosos que estos aparatos.

Los estudiantes de diseño de la University of Art and Design de Lausanne se dedicaron a replantear algunos procesos de manufactura: de la máquina al resultado. Así, experimentaron con métodos simples pero creativos.

Low Tech Factory aborda el asunto de la producción automática mediante seis máquinas que parecen juguetes en tanto divierten a quien las usa y a quien las observa. Sirven para fabricar espejos esmaltados, gorros tejidos, bolsas de red, juguetes y hasta palomitas.

Si existen mecedoras que cargan iPhones, ¿por qué no usarlas también para hacer gorros de estambre, justo como las abuelas lo han hecho desde hace siglos?

Cada uno de estos artefactos es una pequeña fábrica que puede ser operada por un equipo de 1 a 4 participantes. En el proceso, la participación humana es indispensable (a excepción de una de las propuestas). La idea es analizar los procesos necesarios para conseguir los objetos que poseemos: ¿producción en serie?, ¿métodos artesanales?

Lo interesante de estas máquinas es que vuelven más interesante el proceso que el producto. En cualquier lado podemos conseguir un gorro de estambre rojo, pero sólo en esta exposición podemos ver cómo se fabrica (en una mecedora aparatosa).

Es obvio que no hay practicidad en la propuesta, y de eso se trata precisamente. Si los procesos son ya parte de nuestra vida, por qué no replantearlos con ingenio y sentido del humor.