Por narcisismo, por afición a las ilustraciones o por señalar la propiedad que se tiene sobre un volumen, los ex libris han existido desde hace siglos: etiquetas que se colocan en la cubierta o la contracubierta de los libros, tal vez en alguna de sus páginas iniciales, y que mencionan el nombre de su dueño, que puede ser una persona o una institución. La costumbre se parece un poco a colgar una placa informativa en el cuello de los perros, pero tiene muchas más posibilidades y, aunque su difusión sea escasa, muchos coleccionistas al rededor del mundo la siguen cultivando. Georges Perec dijo una vez que todos los coleccionistas son maniáticos peligrosos. Y de seguro estaba en lo cierto.

En este post, un breve recorrido por la historia de los ex libris, unos cuantos ejemplos y dos colecciones de plantillas imprimibles, totalmente contemporáneas, para que comencemos a practicar la manía de marcar nuestros libros impresos con diseños que dejan espacio para nuestro nombre, si es que no lo hacemos todavía.

La locución latina ex libris significa "de entre los libros", pero usamos el término para referirnos a las marcas de propiedad que se colocan en ellos: cromos rectangulares, etiquetas con el nombre o las iniciales de su dueño. De todos modos, hay quien suele escribir su nombre en las páginas de los libros que le pertenecen, o marcarlos con un sello personal. La diferencia está en la ilustración, que consiste en un dibujo o un grabado y que apasiona a los coleccionistas. La afición es parecida a la filatelia, que tiene cada vez menos adeptos, sólo que en el caso de los ex libris la manía se relaciona también con la bibliofilia. Cualquiera pensaría que se trata de un vicio en peligro de extinción pero, curiosamente, la era digital ha facilitado el intercambio de estas etiquetas.

Uno de los primeros antecedentes del ex libris se encuentra una placa esmaltada de barro cocido, adornada con jeroglíficos que mencionan al faraón egipcio Amenhotep III y que data del siglo XV a.C. Se supone que originalmente se encontraba en los estuches de los rollos de papiro de su biblioteca y actualmente permanece en el Museo Británico de Londres. Y hubo otros ejemplos ancestrales. Durante la antigüedad se acostumbró poner leyendas manuscritas en los códices, advirtiendo que tenían dueño, y a veces incluso amenazando a quien tuviera la intención de robarlos. En el templo de Daigoji (Japón), fue encontrada una que dice:

Robar este libro cierra las puertas del Cielo, y destruirlo abre las del Infierno. El que tome este libro sin permiso será castigado por todos los dioses de Japón.

(Seguramente se trataba de un libro sagrado. O de un diario lleno de indiscreciones peligrosas. O, lo que es peor, de un libro somnífero que habría provocado la burla en los demás y la vergüenza infinita en su autor y su propietario. Vayan ustedes a saber.)

Luego, con la llegada de la imprenta y de la técnica del grabado, los ex libris adoptaron el formato de cromos que había que adherir a las contracubiertas de los volúmenes. El más antiguo que se conoce data de 1470 y fue encontrado en Alemania. Como los libros habían dejado de ser privilegio exclusivo de la monarquía y el clero, sus propietarios quisieron marcarlos con esas señales, que se fueron convirtiendo en pequeñas obras de arte. Durero, Holbein y Cranach fueron algunos de sus diseñadores célebres. Si los libros comenzaron a hacerse más populares con la imprenta, es lógico que la manía de señalar la propiedad sobre ellos haya corrido de forma paralela.

Las técnicas para su diseño han cambiado con el tiempo: comenzaron siendo anotaciones manuscritas, pasaron por la imprenta y el grabado, fueron beneficiadas con la fotografía y actualmente echan mano de la gráfica digital. De hecho, cada técnica es identificada con su propio código, algo que para nosotros puede parecer excesivo pero que es oro molido para los coleccionistas. Y, aunque los nuevos medios de diseño e impresión hayan sabido abrirse camino en el mundo de los ex libris, casi todos parecen imitar los estilos del pasado. De alguna manera, se trata de que luzcan como si hubieran sido creados en otro siglo.

Los temas de las ilustraciones son variadísimos, desde los meramente literarios hasta los eróticos, pasando por los que aluden a los animales, la comida o el vino. No sé si por el origen antiguo del concepto, pero algunos exlibristas eligen diseños darketos, representantes de esta estética entre fantástica y oscura que me parece tan burda a veces. De todos modos, hay diseños para escoger, porque se organizan concursos en todo el mundo y, ahora que existe internet, es posible consultar archivos en línea con galerías de finalistas y ganadores. Basta con darse una vuelta por el portal de la Fisae, la organización oficial especializada en el tema.

Si quieres unos cuantos ex libris que sean contemporáneos pero de inspiración vintage, descárgate las plantillas que aparecen enlazadas en Benign Objects e imprímelas en papel con adhesivo. Una recortadita y estarán listas para decorar y anunciar que tus libros, efectivamente, te pertenecen. No tienes que ser un maniático para hacerlo, pero el acto resultaría más congruente si lo fueras.

Imágenes: 50watts.com, thelxr, Replicante, janwillemsen