Ayer Louis Vuitton presentó su colección primavera-verano 2013 en la Semana de la Moda de París. Cuando se trata de la marca francesa, nunca se puede esperar sólo una pasarela (aunque las pasarelas simples y sin mayores artificios seguirán teniendo su encanto por siempre). La tendencia de la firma al espectáculo y la grandilocuencia no es novedad para nadie. Durante el desfile, las modelos bajaban de cuatro escaleras eléctricas, altísimas, instaladas al fondo de una pasarela de grandes cuadros blancos y amarillos, estampados en un piso lustroso. Todo muy amplio, todo en grandes cantidades, pero sin caer en el recargamiento.

Las modelos desfilaban por pares, con la clara intención de que se vieran muy parecidas, como si se tratara de imágenes especulares ligeramente modificadas. Los cuadros fueron el motivo recurrente más notorio del desfile, que estuvo iluminado por las reminiscencias al arte pop y la estética de principios de los 60. Al ver las prendas de la colección, es imposible no pensar en Mary Quant y Twiggy, y un poco en movimiento mod del Londres de mediados del siglo XX. Si se tratara de buscar un tema más general y abstracto, tal vez lo encontraríamos en la simetría.

¿Se acuerdan de ese desfile del año pasado, en que Marc Jacobs hizo que sus modelos bajaran de vagones de tren para tomar la pasarela, llevando las maletas características de la marca? Esta vez no hubo alusiones a ninguna estación de ferrocarril, pero el director creativo de Louis Vuitton lo logró de nuevo.

Mi enumeración arbitraria de lo que encontrarán en las fotos: siluetas geométricas, zapatos puntiagudos (planos o con tacón muy delgado), mangas cilíndricas, faldas de tubo y vestidos largos, cinturas al descubierto, contraste del blanco con los demás colores (beige, negro, marrón, gris, verde hoja y un amarillo protagónico), estampados de flores de gran tamaño que representan una ruptura con la rectitud geométrica de la colección (después de todo, será primavera), cabelleras recogidas, listones con moños básicos en la cabeza, ojos delineados y sombras doradas, labios que se hacen pasar por imperceptibles, bolsos pequeños de asas cortas, carteras (una despedida temporal al tote).

La colección, el estilismo y el desfile nos recuerdan que la moda es aficionada a reinterpretar la historia, no importa si se trata de la más reciente. Pienso, primero, en el movimiento mod del Londres de los 60, esa subcultura que procuraba el arte pop, la moda y el existencialismo, cuyas militantes llevaban peinado a lo garçon, zapatos planos y pantalones a la cintura, no se sabe si por capricho narrativo o porque solían transportarse en scooter. Pienso también en Andy Warhol y Edie Edie Sedgwick, que a veces se vestían iguales, que tenían un corte de pelo muy similar y jugaban a parecer gemelos. Y, claro, en Mary Quant, sus contrastes cromáticos, sus minifaldas y sus demás diseños, que reconocemos en el estilo de iconos como Twiggy y Brigitte Bardot.

Ahora sí, las fotos, que hablan por sí mismas.