Imaginen una iglesia anglicana que, a sus puertas, muestra un espectacular como el de la foto: en él vemos la parte más alta de un pastel de bodas, y los típicos muñequitos que lo adornan son muñequitas, dos chicas vestidas de blanco, dándose un beso del verdadero amor. "Cuando se trata de matrimonio, no nos importa quién está arriba", dice una especie de eslogan en el anuncio. El nombre de la iglesia es St.-Matthew-in-the-City y se encuentra en Aukland, Nueva Zelanda.

Matrimonio gay en una iglesia anglicana

No me gusta la Iglesia, ni las iglesias, ni las religiones culpígenas, pero la iglesia Aukland St.-Matthew-in-the-City tuvo el civilizado gesto de reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo, a partir de este espectacular. O sea, cuenta con nuestra simpatía. Para que vean que no sólo los budistas apoyan los enlaces homosexuales. Ya era hora.

El reverendo de la iglesia en cuestión, Clay Nelson, declaró en un comunicado de prensa:

No debería sorprender que nuestra congregación apoye los derechos de la comunidad LGBT, pues siempre ha abogado por la inclusión y la armonía en la sociedad. Más bien, nosotros nos preguntamos por qué la iglesia tendría que negarse a reconocer el compromiso de amor entre dos personas, independientemente de su sexo.

El documento habla también de disolver las barreras de orientación sexual, de dejar de entender la homosexualidad como un impedimento para el matrimonio, pues este prejuicio "resulta contrario a las buenas noticias que ha traído Jesucristo".

No puedo evitar pensar en ese capítulo de Sex and the City en que Miranda quiere bautizar a su hijo, y le lee la cartilla al sacerdote antes de aceptar el ritual del sacramento, le dice qué sí le estará permitido decir durante la ceremonia y qué no: "nada de mencionar a Satanás, nada de discursos que evidencien culpa", advierte. Su punto de partida era bastante lógico: la Iglesia, la fe judeocristiana en general, está perdiendo adeptos tan rápidamente que ya no se puede dar el lujo de poner trabas a los feligreses que todavía están dispuestos a entrarle al juego. Así que los líderes espirituales de estas instituciones no tienen más remedio que alivianarse, adaptarse a los nuevos tiempos. Eso o las misas vacías, en caso de que se logren.