Ah, los hombres, qué necesarios resultan la mayor parte del tiempo, qué guapos y qué fuertes, qué bien me caen. "Lo malo de los hombres es que nunca son suficientes", dije hace poco en un tuit. Igual que nosotras, son humanos, aunque algunos de ellos parezcan dioses y aunque su humanidad tienda al desastre la mayor parte del tiempo. No sólo la de ellos: cualquier humanidad es desastrosa, y más o menos hemos aprendido a arreglárnoslas con ese panorama irremediable. Como sea, hay un conjunto de actos que los hombres podrían evitar y así desesperarnos un poco menos. Sólo un poco porque, si nos colocaran en una situación de absoluta calma, dejarían de parecernos tan interesantes.

Por si les atañe, caballeros, y por si quieren agregar algo más a la lista, chicas, aquí las 10 actitudes más desesperantes que algunos hombres muestran cotidianamente y que, por lo general, a las mujeres no nos gustan. Aclaro que no estoy intentando remediar nada. Sólo describo, como siempre, por ocio, por entretenimiento y por incomodar a quien se deje. Entendamos mi ejercicio como el del niño que le jala las trenzas a la compañerita de en frente, pero al revés.

  1. Descuidar su atuendo. Tan lindos que se ven cuando están bien vestidos, caray. Jamás me atrevería a pedirles que estén tan interesados en la moda como yo, por supuesto que no, tampoco se trata de tener un novio-amiga. Sólo lo básico. Se puede poner atención, intuir. Y, si eso es demasiado difícil, ¿por qué no pedir asesoría y escuchar con atención nuestras sugerencias?

  2. Aspirar a que pasemos nuestro domingo viendo futbol americano o similares. Este punto es terrible. Cuando era adolescente e inexperta, accedí y, en compañía del galán, intenté mirar uno de esos partidos interminables en que no sucede nada. Si no recuerdo mal, terminé borracha porque, como no el tiempo parecía haberse detenido y yo me aburría, decidí beber y beber en busca de alguna sensación, cualquiera. Una vez que sobreviví a la resaca, juré nunca más prestarme a semejante ritual de segregación.

  3. Ser lacónicos al responder mensajes. Un caso en particular, uno solo (y ni siquiera es mío): a un mensaje expresivo y rico en metáforas personalísimas, un mensaje revelador y desnudista, el hombre en cuestión contesta con un =. ¡Un signo aritmético que pretendía significar "igual" pero que bien pudo haber sido sustituido por el silencio! ¡Ni siquiera fue capaz de emplear el lenguaje articulado! Ya se imaginarán cuál fue el merecido destino del tunante.

  4. Vivir en el desorden. No pido que doblen su ropa con extremo cuidado, ni que tengan su clóset acomodado por colores: eso sería pretender un romance con una de mis amigas (una que, en actitud, se parece a Bree Van De Kamp). Sólo me gustaría no tener que llevar botas de excursionista (para escalar los promontorios de tiradero) cada vez que visito su departamento o su habitación.

  5. Hacer cosquillas, picar costillas, pellizcar rodillas. Una se busca hombres para tener contacto físico, ni siquiera hay que decirlo. Pero éste tiene que ser de-li-ca-do. Y seductor, de preferencia. Las cosquillas son la antítesis del erotismo, no sean mala onda, no abusen.

  6. Caer dormidos inmediatamente después del sexo. Los orgasmos nos dan sueño. A los dos. Sin embargo, sería lindo que intentaran un poco de palabrería antes de emitir el primer ronquido, sólo lo mínimo indispensable. Nos tendrían en la palma de su mano, sé bien lo que les digo.

  7. Registrar episodios de amnesia. A veces pienso que no es falta de memoria sino comodidad y pereza: comodidad porque algunos se acostumbran a que una recuerde todo por ellos, pereza porque es fácil escudarse en el "disculpa, olvidé que teníamos un fiesta esta noche". Mi memoria es malísima, por eso llevo una agenda.

  8. Portarse encantadores después de habernos hecho enojar. Una llora, se desgarra las vestiduras, invoca a los dioses sempiternos del Olimpo e, inmediatamente después, él quiere besarnos o meternos a la cama, como si nada hubiera pasado, como si las disculpas y los arrumacos fueran suficientes para aplacar una neurosis construida en pareja. No sé las demás, pero yo necesito un poco de tiempo, respirar hondo, proyectar artificialmente mi propia comprensión (dado que mi cerebro no siempre está en condiciones de completar la tarea). Eso o una pulsera con diamantes.

  9. Mostrarse bravucones o buscapleitos. Cada vez que otro chico nos adula en un bar y ustedes intentan romperle la cara, nosotras nos incomodamos al grado de la deserción. Aquí nadie pertenece a nadie: las parejas son producto de un acuerdo desesperado y mutuo, y no hay territorio que defender. Ni que estuviéramos enfrascados en uno de esos juegos ñoños de estrategia militar.

  10. No tener paciencia. Me sucede que cambio de opinión más seguido de lo que me gustaría. Ése es mi principal problema. El de ellos, no poder con ese gran defecto mío que casi casi define lo que soy. No estoy en condiciones de esperar que me acompañen de compras, ni que esperen horas a que termine de arreglarme, porque yo misma no soy capaz de hacer eso mismo por la mayoría de la gente que me rodea. Sólo requiero una pequeña dosis de paciencia para las cosas más insignificantes de la vida. Hace dos horas quería ver una película, ahora quiero ver otra. Y a veces soy impuntual. No es tan grave. Estoy dispuesta a perdonar los mismos defectos si es necesario.

Es obvio que este post está cimentado en la generalización: hay hombres pacientes y temerariamente ordenados, hay grandes conversadores postcoitales, hay guapos enemigos de los deportes y otros que ostentan un sentido de la moda que incluso llega a intimidarme. Pero, tenemos que reconocerlo, también existen casos en que la masculinidad no tiene esquinas. No estaría mal que las tuviera, sólo de vez en cuando. Además, con todo y sus 10 actitudes irritantes, los hombres seguirán acaparando nuestras intenciones, nuestra vista, nuestro discurso.

Hoy es mi cumpleaños, con su permiso, me voy a festejar (lo que equivale a ser festejada por un hombre, así es esto).

Foto: Gabriela Camerotti