No todos tienen la costumbre de hacer anotaciones en los libros. Algunos prefieren conservarlos tal y como se veían cuando llegaron a sus manos. Otros, en cambio, somos yonquis de rayar sus páginas: nos encanta registrar en ellas nuestros pequeños y pretendidos hallazgos, intentamos diálogos con nosotros mismos, con el autor, con otros lectores. Puede parecer una exageración. Lo es. Pero el hecho de tener un lápiz a la mano hace que la lectura sea más disfrutable. Aunque no anotemos nada: es un asunto de posibilidad. Mi nombre es Belinda y soy una rayadora compulsiva de libros. Es decir, de libros que me gustan.

De la egolatría al bookcrossing, aquí algunos argumentos (tramposos, como casi todo) en defensa de las notas al margen en los libros.

  • Rayar los libros es acariciar, golpear, acicalar y desmenuzar la conciencia a expensas de otros, de aquellos que tuvieron la intrepidez y la fortuna de protagonizar el acto desnudista oculto tras la publicación de un volumen. Oportunismo puro, complaciente. El hábito constituye una forma íntima, bastante egoísta, de leer. Y, a diferentes niveles, todos somos practicantes del egoísmo, aunque no nos guste reconocerlo.

  • Un libro sin rayar es un libro inhabitado, un cuarto sin cama ni mesa de noche. Leer un libro por primera vez se parece a visitar por primera vez a una casa vacía y nueva: la vista es atractiva, sobre todo porque podemos modificarla. Si el libro se queda intacto, es como si nunca hubiéramos pasado por él. No soy partidaria del anonimato. Mis libros tienen mi nombre escrito. También señalo la fecha en que los comienzo y los acabo, o registro en sus páginas las razones que me llevaron a renunciar a media lectura.

  • Las notas al margen rinden homenaje al autor, pero también son una inmejorable oportunidad para burlarse de los personajes, del estilo de un poema. Nada como ejercer bullying contra algunos narradores, contarse chistes privados a sus costillas.

  • Leemos, tomamos notas en el libro. Cuando lo releemos, nos releemos. Nos cuestionamos, nos peleamos con nuestros planteamientos de hace cinco meses y, si tenemos suerte, podemos encontrar afirmaciones que valga la pena desarrollar.

  • ¿Cómo más podríamos señalar las erratas en los libros? Esos detalles mínimos pero perceptibles saltan a la vista. Hay que marcarlos. Hay que quitarle al libro su carácter de objeto sagrado, hacer que se tropiece y se raspe un poco las rodillas. De todos modos, si vale la pena, él también nos hará un poco de daño.

  • A veces, ciertos planteamientos de los autores no nos convencen, aunque la lectura nos esté gustando mucho. En ese caso, sería un desperdicio no modificar la enunciación, la sintaxis, el acomodo de las frases, la selección de palabras. Porque así nos suena mejor, porque creemos que sería conveniente, por joder.

  • Entiendo las notas al margen como una etapa del proceso creativo. La esterilidad se cura con libros rayados. De repente, nos damos cuenta de que nuestras acotaciones son historias paralelas con sentido propio, susceptibles de convertirse en un acto de creación por sí mismas, según esto.

  • Se puede tuitear notas al margen. O usarlas para rellenar en Goodreads las reseñas de cada título leído. No se trata de verdaderas reseñas sino de listas de impresiones o de citas textuales, pero igual es interesante tenerlas a la mano. Las anotaciones que hacemos al leer tienen funciones inútiles y entretenidas.

  • Anotar los libros prestados equivale a entablar conversaciones íntimas con sus propietarios. Si prestamos el libro, el otro puede leernos. Por eso no es recomendable prestarle libros a cualquiera. Una vez me prestaron una edición lindísima de Asfixia. Pedí permiso para rayarla. Cuando le devolví el libro a su dueño (y me disculpé por haberme excedido con las notas), éste me respondió: "no te preocupes, lo que escribiste es curioso, fue como releer el libro en turbo, como una versión de la novela al estilo de 30-Second Bunnies".

  • La costumbre de rayar libros hace más interesante el bookcrossing, esta especie de movimiento lector que consiste en dejar libros tirados para que otros los recojan. El chiste de encontrarse un libro, además de su contenido original, es ver qué subrayó y anotó el desconocido en cuestión, a veces sin nombre ni apellido. Es como verle los calzones a la muchacha que va cruzando el puente. Nunca le vimos la cara, pero no importa.

Por otra parte, respeto el derecho a no tomar notas al margen, a no hablar de lo que se lee, ni con uno mismo ni con otros. Y sería incapaz de escribir nada en un libro sin permiso de su propietario. En esos casos, doblo una hoja de papel, la uso como separador y voy anotando en ella mis impresiones: una alternativa para solucionar mi cold turkey.

Fotos: Bookie Looker, Janine