¿Cuál creen que sea la principal característica de la gente que actualmente tiene veintitantos? Es decir, como grupo generacional. Los millenials (la generación del milenio, los nacidos después de 1982 y antes de 1999) causan opiniones encontradas entre los especialistas. Algunos los definen como jóvenes notables por su compromiso social y con el medio ambiente; otros aseguran que no les interesa nada más allá de su biografía en Facebook, que son narcisistas y creen merecerlo todo. De acuerdo con el escritor Walter Mosley, su principal característica es el hambre de fama. No importa si usamos la palabra en sentido literal o figurado: el hambre siempre es triste.

¿Será que, en el fondo (y a veces en la superficie), todos queremos queremos ser Mark Zuckerberg? Daniel Honan dice que sí, que los jóvenes de hoy en día esperan convertirse en millonarios de la noche a la mañana y sin tener que pasar por incomodidades: la generación del milenio exige satisfacciones y cerros de billetes, pero no quiere despeinarse durante el proceso de ganárselos. Ojalá se pudiera, ojalá me pagaran millones por tuitear y escribir cartas de amor. Pero no funciona así, no podemos tener todo lo que queremos, no existen las recompensas instantáneas a cambio de nada y, en la vida, generalmente uno lo pasa bastante mal. Si no lo tenemos claro, estamos condenados al eterno berrinche, a la frustración. Y qué flojera.

Twitter es un hervidero de celebridades de último minuto y un interesante indicador de antojo, hambre, inanición de fama. El síndrome de la celebridad, de hecho, aparece en el Twittonary, un glosario de términos relacionados con esta red social. El concepto se define como una actitud petulante entre ciertos tuiteros: creerse parido por Zéus, subírsele a uno los humos, pues. A ti no te sigo porque no eres famoso como yo, porque no tienes miles de followers, y lo de menos es qué tan interesante pueda parecerme lo que dices. No te doy de mi lonche, hazte para allá.

¿Qué tanto contribuyen las redes sociales al levantamiento de ínfulas y egos? Y, sobre todo, ¿qué porcentaje de estrellas tuiteras lleva una forma de vida congruente con el coolness que refleja en su timeline? ¿Cuántos de ellos pasan la noche de sábado frente a la pantalla, tuitenado en ropa interior y en soledad involuntaria? Planteo la pregunta porque el deseo de fama se comporta de la misma manera dentro y fuera de Twitter, lo mismo que las consecuencias de haberla obtenido.

Si nos detenemos a pensarlo, encontraremos que el síndrome de la celebridad contradice los códigos establecidos por las mismas redes sociales. No importa qué tan necesitados estemos de ventilar la propia personalidad (misma que creemos magnética, arriesgada, única, interesantísima), qué tan sarcásticos pretendamos ser durante nuestros extraordinarios e inteligentes planteamientos: hay millones de personas que usan las mismas fórmulas para destapar la complejidad de sus espíritus, la exclusividad de su ingenio. Igualito que nosotros. Y cualquiera puede abrirse una cuenta de Twitter. Cualquiera. Gente común y corriente. Las condiciones del sistema, de entrada, anulan los reflectores y la supuesta autenticidad: mientras más timelines leamos, más pruebas tendremos de que no somos únicos ni brillantes ni agudos ni geniales. Que nos empeñemos en amontonar las pruebas debajo de la cama y hacer como que no existen es otra cosa.

Walter Mosley trata de explicarse el deseo desesperado de fama de los jóvenes actuales, y responsabiliza en parte a las redes sociales pues, según dice, pintan una cara del éxito que parece alcanzable y fácil, que funciona como un espejismo. Además, señala que los usuarios comienzan a emplear estos medios durante la etapa de la conformación del carácter, el autoconocimiento y la vulnerabilidad, y creen que gracias a ellos pueden convertirse en seres "más sofisticados". En las redes sociales, en la escuela, en la calle, es difícil resistirse a la tentación de elevar los niveles de los propios humos.

El escritor resume la diferencia entre su generación y los jóvenes de hoy a partir de las expectativas que tenía en sus veintes: "Si el dinero me alcanzaba para pagar la renta, comer y tener sexo, me daba por bien servido". El enfoque podría parecer conformista, así que no olvidemos que pertenecía a un chico que todavía no había llegado a los treinta. ¿No les parece más asequible, más cercano a la realidad y menos propenso a las frustraciones?

Dentro y fuera de Twitter, cargamos con un conjunto de expectativas ilógicas. No quiero decir que deshacernos de ellas nos hará felices, porque la felicidad de tiempo completo también es ficción y espejismo, pero por lo menos tendremos la certeza de que no estamos alucinando barato y sin habernos metido drogas. No nos vendría nada mal dejar de entender el éxito como una cualidad indispensable. La tendencia es triste, igual que el hambre. Como dijo Roberto Bolaño cuando respondió el Cuestionario de Proust, el éxito ni siquiera es una cualidad, es un accidente. Un accidente sobrevalorado.

Fotos: 1FlatWorld, liako