El mundo de los libros electrónicos está creciendo. Ciertos estudios señalan que la propagación de los e-readers va de la mano con un considerable aumento de lectores. Me queda claro que el gusto por la lectura va más allá de los formatos, pero cada vez encontramos más opiniones (casi siempre opuestas), y la balanza parece inclinarse hacia quienes hablan de una futura desaparición del libro impreso. ¿Cuántos de nosotros los preferimos a su versión electrónica y por qué?

Como los libros impresos comienzan a parecernos cosa del siglo pasado, nos da por creer que la literatura siempre ha estado ligada a ellos. Y no es así. Recordemos que los pergaminos o rollos de la antigüedad fueron el vehículo de las letras hasta el siglo IV. Después vinieron los códices, que consistían en conjuntos de folios independientes, unidos por una costura y encuadernados. No creo que hayan sido fáciles de leer, pero los lectores de aquel tiempo estaban acostumbrados a ellos, los compraban en los mercados y los leían en casa, tal vez con una actitud similar a la nuestra cuando por fin conseguimos la novela que estábamos buscando. Cambien su bebida predilecta por algo más básico y sin marca, su sillón de lectura por un asiento menos cómodo e imaginen el cuadro.

A mediados del siglo XV, con la llegada de la imprenta, la producción de libros se volvió más fácil pero, a diferencia de lo que se cree, los autores de aquel tiempo no se beneficiaron de su aparición: los estudiantes y la gente que sabía leer (que era poca) seguían prefiriendo los códices. Los intelectuales responsabilizaban a la imprenta de una posible "vulgarización" del conocimiento. Tuvieron que pasar varios años para que los letrados de aquellas épocas se adaptaran al libro impreso. ¿Ya notaron que es la misma historia? ¿Por qué nos cuesta tanto asimilar los cambios? El pleito de los "puristas" con los e-books reproduce el guion de un debate bizantino. De hecho, sé de algunos que niegan el valor del libro electrónico, como si alguna vez hubieran intentado leer cualquier cosa en dicho formato. Nada se pierde con probar.

Con nuevos formatos o sin ellos, los libros impresos siguen teniendo muchas ventajas. Para empezar, son lindísimos. Cualquier espacio habitable que se jacte de ser bello necesita unos cuantos libros: contra la pared, en un estante, apilados en el piso o abiertos sobre el escritorio. El diseño de algunos libros los convierte en arte portátil y, mientras leemos, la experiencia de lectura se extiende al tacto. Por muchas funciones que tengan los libros electrónicos, nada se compara con hacer notas al margen durante la lectura, con lápiz y caligrafía humana.

Sin embargo, los e-books ahorran espacio y papel, además de que nos permiten hacer consultas en línea. Por eso creo que ambos formatos pueden acompañarse sin problemas. ¿Cuántas veces no pasa que compramos un libro impreso y lo dejamos a medias o, al terminarlo, concluimos que la propuesta es pobre? Si lo compramos en versión electrónica, la resaca de haber leído una historia mediocre es mucho más llevadera, pues no nos acecha desde el librero. Por otra parte, puede suceder que compremos un libro en formato electrónico, lo leamos, lo amemos y después decidamos conseguirlo en una edición empastada, impecable.

No olvidemos que estamos hablando de formatos. Lo que nos interesa de la literatura son las palabras, y ya sea que nos acerquemos a ellas mediante un volumen destartalado, una edición de lujo o un Kindle, el encanto está en lo que éstas tienen que decirnos.

En una de sus conferencias, Umberto Eco dijo: "El libro es como una cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor." ¿Consideran que está en lo cierto? No creo que los e-books sean mejores que los libros impresos, pero estoy convencida de que son un interesante complemento, y que nuestras formas de leer seguirán evolucionando sin importar qué tan empedrado resulte nuestro proceso de adaptación.

Fotos: Biblioteca Nacional de España, ginnerobot, J. Paxon Reyes, Ooolong, thekellyscope


Mientras escribía este post, consulté el artículo "El libro: reinvención de la memoria", de Carlos Bautista Rojas, publicado en el número 91 de Algarabía (abril, 2012).