Se supone que a todos nos gusta estar enamorados. Love makes the world go round, dice el proverbio, y vayan ustedes a saber si no miente. Empeñamos tiempo, voluntad y hasta dinero en la búsqueda de una persona que parezca adecuada. ¿Existe una persona adecuada? A veces poseemos la ilusión de haberla encontrado, y jugamos a creer que ya no estamos rotos mientras se llega la hora de recoger nuestro tiradero, nuestro cascajo emocional. En el fondo, sabemos que enamorarse también tiene desventajas, y la soledad es el escenario idóneo para no pasarlas por alto.

Este post encuentra su origen en la sensatez de quienes van saliendo de una relación y atraviesan la fase del balance de las pérdidas, de quienes llevan más tiempo del que quisieran sin toparse con un reflejo humano de su propia insuficiencia, y de esos encantadores resentidos que no practican la cursilería para evitar que les salgan ronchas. Aquí mis 5 razones para mejor no enamorarse.

  1. Más vale evitar las consecuencias de la ruptura. Conozco a un hombre rubio y erudito que lo explica así: "Enamorarse es necesitar, y el que necesita pierde." Si estamos solos, pensemos que por lo menos no estamos mal acompañados. Y recordemos los niveles de ridiculez que alcanzamos la última vez que apostamos nuestras mejores cartas a esa persona que nos dejó pidiendo limosnas en la esquina. Si no nos enamoramos, no tenemos que hacer frente a la resaca amatoria.

  2. Enamorarse es caro. También en términos económicos. A veces se termina gastando más de lo que se tiene en regalitos, viajes, cenas y otras actividades conjuntas.

  3. Nuestro estado de ensoñación incomoda a nuestros amigos. Ya saben, de repente comenzamos a hablar todo el tiempo en primera persona del plural, el nombre del ser amado cuelga de nuestra boca como un dije de buchona, nos empeñamos en incluirlo en reuniones donde su presencia no siempre viene al caso, y nuestras redes sociales se llenan de mensajitos y canciones que más valdría enviar en privado. "Desde que se enamoró lo perdimos", se comenta a nuestras espaldas. La soledad siempre será más digna.

  4. Las relaciones de pareja engordan. Hay estudios que lo aseguran: "al comenzar un romance o casamiento, las parejas empiezan a a ganar peso sin remedio". Salir a cenar con el objeto de nuestro afecto y nuestra calentura implica ordenar vino, comenzar con una entrada y rematar con un postre compartido porque, a esas alturas, ya acabamos con la mitad del menú. O, lo que es peor, nos quedamos en casa a ver películas, acomodados plácidamente en el sillón, y de paso nos refinamos una pizza, o un tambo de palomitas, y tomamos cerveza. Engordamos. Si coger no adelgazara, terminaríamos cada idilio convertidos en pelotas parlantes. Eso cuando nos fue bien y somos correspondidos: existe el otro riesgo, el de no contar con los favores del ser amado y curarse la decepción frente a la tele, comiendo litros de helado, como Bridget Jones.

  5. El amor pone la individualidad en peligro. Nunca se es tan uno mismo como cuando se está solo. Al enamorarnos, terminamos convertidos un poco en la otra persona y adquirimos (en un acto de hipocresía inconsciente) sus pasatiempos, su música, sus películas favoritas. ¿Estaríamos asistiendo a un campamento lleno de incomodidades de no habernos enamorado de un jipi aventurero? La simbiosis, claro, afecta a los dos integrantes de la relación. Pero, por ahora, seamos neuróticos y pensemos que no necesitamos contaminarnos con vicios ajenos, puesto que los nuestros bastan para oscurecer cualquier panorama.

Por si fuera poco, el enamoramiento coloca nuestra creatividad en una situación dudosa. De repente, todo a nuestro alrededor parece cobrar sentido y nuestras creaciones lo pierden por completo. En defensa de la soledad, sostengo que ser un forever alone no es impedimento para entretenerse con las actividades más interesantes de la vida: lectura, fiestas injustificadas, viajes, sexo casual.

Antes de terminar, un poco para no sentirme una habladora y otro poco para que se me acuse de lo mismo, confieso que estoy enamorada. Mi post funciona como una forma de demostrarme a mí misma que no he perdido piso, como si mi pretendida objetividad fuera cosa importante para nadie.

Fotos: bored-now y misspixels