Nassim Soleimanpour, el creador de la puesta en escena White Rabbit, Red Rabbit, tiene prohibido salir de Irán. Su obra, que se presenta sin escenografía, sin dirección ni ensayos previos, puede entenderse como una llamada de atención en torno a la censura.

Como espectadores, estamos acostumbrados a apagar el celular antes de entrar al foro (una muestra indispensable de respeto a los actores y al resto del público). Sin embargo, si estuviéramos por presenciar una función de White Rabbit, Red Rabbit, se nos pediría amablemente mantener nuestros teléfonos encendidos. ¿Por qué y para qué?

Soleimanpour no puede dejar su país, pues se negó al servicio militar, obligatorio para todos los hombres en Irán. Incapaz de viajar, convirtió su aislamiento en ventaja escénica y creó una propuesta teatral sin dirección y representada por un actor diferente cada vez. Además, está la participación de algunos integrantes del público, voluntarios que son llamados a leer el libreto correspondiente a los demás personajes. Mientras tanto, los otros asistentes envían mensajes y fotos al autor (cuyo correo electrónico se les proporciona a la entrada). Sin el celular encendido, la dinámica sería imposible.

El teléfono móvil de los espectadores se convierte en los ojos y los oídos de Soleimanpour, en una oportunidad para que el autor presencie su creación y rompa los límites de la censura. Un asiento vacío en el foro representa al dramaturgo ausente, mientras éste, desde su país, se desempeña como receptor de su propia obra. La estrategia y la metáfora son brillantes: ese tipo de efectos que se logran con el teatro.

¿Están en Londres? Vayan a ver White Rabbit, Red Rabbit, que se presenta este fin de semana en el Gate Theatre de Notting Hill. Y si van, no me platiquen: no quiero morir de envidia.

Fotos: Calgary Herald, White Rabbit, Red Rabbit