Típico que abordas el avión con la firme intención de leer durante el trayecto, y al lado de ti hay un ente que habla como matraca y se muestra inmune a monosílabos, miradas evasivas y sujeción enfática de libro. Y está la otra instancia, en que envidias la inteligente conversación del pasajero de adelante, mientras el que va a tu lado ronca plácida y estrepitosamente. Lo más probable es que todos estemos más familiarizados con la primera situación. Pero eso es lo de menos. Lo de más es que por lo general se corre mala suerte cuando se viaja a solas.

Por eso, la aerolínea letona airBaltic ideó un sistema, llamado SeatBuddy, que permite a los pasajeros elegir sus asientos según el estado de ánimo que calculen experimentar a lo largo del viaje. Al comprar el boleto, se elige un compañero compatible, dependiendo de si se quiere socializar, trabajar o dormir durante el trayecto. Se trata de garantizar que la persona del asiento contiguo incomode lo menos posible.

Tengo dos conclusiones. La primera: nuestra neurosis es un negociazo (¿qué tanto estamos dispuestos a pagar con tal de adquirir un vecino silencioso durante un vuelo?). La segunda: nuestros ánimos cambiantes amenazan con estropear esta buena idea (compré el boleto ayer que estaba molesta y agotada, pero hoy quisiera charlar con el bombón que se sentó junto a mí, por ejemplo). No hay remedio.