No sé si a ustedes también les pase, pero a veces, cuando observo algunos cuadros del Renacimiento, me quedo pensando que esas caras son irreales, un poco alienígenas, hermosas pero inverosímiles. Me cuesta trabajo creer que la gente de aquel tiempo de veras haya lucido así. Mi incredulidad se debe a una mezcla de factores: la moda, la estética de aquel tiempo, la técnica, las tendencias del arte. Por eso me encantó encontrarme con el trabajo de Dorothee Golz, una artista que se dio a la tarea de colocar los rostros de los cuadros clásicos en cuerpos contemporáneos, cuerpos delgados, vestidos con jeans y tenis, en la calle o en la habitación. El resultado es sorprendente. A mí, por lo menos, me sorprendió notar que esos rostros, una vez situados en cuerpos actuales, se ven mucho más familiares.

El tono de la piel, las proporciones, los detalles en general están muy cuidados. Las caras que vemos en los cuadros del Renacimiento adquieren otra dimensión, son despojadas de ese halo misterioso y miran a la cámara desde la cama, la cocina o las inmediaciones de un muro grafiteado. Asómense a la galería, no tiene desperdicio.