Los domingos tienen doble cara: por un lado, nos recuerdan que la fiesta se acabó; por otro, ofrecen la posibilidad de ordenarse un poco, antes de empezar con la semana de nuevo (como pasa con muchos otros lugares comunes, la incomodidad que provocan los domingos está bien fundamentada). Si tuviera que elegir un adjetivo, diría que los domingos son, más que ninguna otra cosa, inciertos.

Por eso, aquí las tres razones principales que hacen del domingo un día verdaderamente incómodo:

  1. La insistencia en el domingo como un "día familiar", lleno de enormes tribus y niños gritones por todos lados. Y, como las familias se van a la cama temprano, en ciudades como la mía, los restaurantes comienzan a morir por la tarde y son casi inexistentes los bares que quedan abiertos. Los domingos a las 6 pm, Guadalajara deja de ser la Perla de Occidente para convertirse en Pueblo Quieto.

  2. La resaca, que se vuelve más difícil cuando una sale a la calle y se encuentra con un alto grado de sobriedad circundante (por eso a veces no dan ganas de salir). Mientras más gloriosa, divertida y excesiva haya sido la celebración, más contundente es su término, que generalmente dura todo el día. Sí, el domingo es la materialización más larga y recurrente del concepto fin de fiesta.

  3. La presencia latente del lunes, saber que ahí están los pendientes de la semana, a la vuelta de la esquina. Hay quienes aseguran que ningún día es peor al lunes, pero yo sostengo que los lunes, por lo menos, no representan una amenaza. En cambio, la libertad condicional que viene con el domingo duplica la angustia de saber que faltan pocas horas para hacer frente a la realidad.

Cada quien sobrevive al domingo como le conviene. Pregunté a mis contactos cuáles eran sus métodos y recibí respuestas como éstas.

Me curo la cruda, voy a comer con la familia, atiendo mi huerto en progreso, salgo a andar en bici con los amigos.

Ver películas, comer en sitios caros, pasear en los tianguis, fumar marihuana, tomar micheladas, no bañarme.

Me gusta despertar tarde, tomar tejuino del tianguis de Santa Tere, andar en fachas y comer cochinadas. No me gusta ir a ningún centro comercial, bajo ninguna circunstancia, y no me gusta que la ciudad se muera temprano.

Ver películas o series todo el día.

Ponerme guapo para ir a desayunar (y estar, obviamente, en condiciones para hacerlo), tener en la cartelera una película esperada y, preferentemente, que implique una sala vacía. Hacer picnic en la cama...

Visitar los mercadillos esperanzado en encontrar tesoros, atenderme el ánimo con las endorfinas que me libera un buen aguachile y ver películas de la primer mitad del siglo pasado.

Matar zombies en calzones.

(Este último testimonio se refiere, obvio, a la idea de pasar el día jugando videojuegos. Supongo que el que está en calzones es mi amigo, puesto que no tengo noticia de un juego de video protagonizado por zombis en calzones. Eso sí, la ropa de los zombis siempre está rota y hecha un desastre, calzones incluidos.)

Mis métodos de supervivencia dominical dependen de qué tanto bebí la noche del sábado. Si la reseca es soportable, es buena idea salir: andar en bici, caminar, ir al cine, restaurantear. Si la resaca es insoportable, mejor quedarme en casa: elijo tres o cuatro libros que no haya leído antes y que se me antojen mucho. Me doy un baño, tiendo la cama y paso todo el día leyendo sobre la cama tendida. Como mucho. Fumo poco. Si alguno de los libros que escogí no me convence, lo dejo y tomo otro. La lectura, la comida y el sueño son lo único que me cura la cruda.

Por otra parte, los domingos en pareja resultan mucho más habitables. En especial cuando se puede pasar la noche acompañada y hay sexo para disimular que el domingo se está convirtiendo en lunes.

Eso sí, recomiendo no desvelarse demasiado. Lo único peor que un domingo es un lunes que arrastra con vestigios de su antecesor, en una terca continuación de la resaca: una fusión de domingo con lunes, que cuenta justo con los peores aspectos de los dos.

Fotos: andronicusmax, pierofix