No soy particularmente fanática de los relojes. Me resultan estorbosos y cuando los llego a usar, me olvido que llevo uno conmigo y termino viendo la hora en el celular. Tampoco entiendo muy bien la fiebre por los relojes caros de marcas como Cartier o Rolex. Si pudiera comprar un accesorio tan caro, lo haría por las características que ofrece, más no por dejar claro un estatus económico.

La relojería es un arte (exhibit A), de eso no me cabe la menor duda, y algunas veces entre todos los ostentosos objetos de tiempo se pueden encontrar piezas que si bien son lujosas, justifican su precio por sus mecanismos, su fabricación y no solo por sus materiales.

El Opus Eleven de Harry Winston es una pieza que tiene todas estas características. Fabricado en titanio y oro blanco con incrustaciones de zafiros, esta obra maestra de la ingeniería posee uno de los mejores mecanismos que haya tenido la oportunidad de observar en un reloj.

566 componentes entre los que destacan tres brazos con engranaje epicicloidal y 24 placas giratorias, conforman un sofisticado rompecabezas que se resuelve cada 60 minutos para dar la hora, construyendo y decostruyendo el tiempo en un espectáculo explosivo que definitivamente, deleita al usuario y a cualquier espectador incauto.

Sumado a todas estas características, producción se limitó a tan solo 111 ejemplares, lo que arroja un precio final de 250 mil dólares y casi puedo asegurarles que lo vale. Más palabras estarían de más, los dejo con un vídeo del mecanismo en acción para que queden verdaderamente maravillados.